Biopiratería y Soberanía Natural.

Oportunidades paraguayas ante la confiscación mundial de recursos vegetales.

Los estudios etnofarmacológicos, en los últimos años, han puesto de relieve la utilización de plantas medicinales para la extracción de principios activos por parte de la industria farmacéutica. La transferencia de genes de países pobres a ricos es justificación de eficacia económica, de capacidad, de competencia y, por supuesto, de ganancias colosales. Una decena de empresas multinacionales han desarrollado una agresiva expoliación de los recursos situados en el Hemisferio Sur, ricos en recursos farmacopeicos, pero pobres en derecho. Los primeros datos consignados sobre el uso nativo de plantas medicinales en la región rememoran al siglo XVII: a autores como Pedro Montenegro (Materia Medica Misionera) y Sánchez Labrador (Paraguay Natural Ilustrado). La curiosidad por descifrar secretos indígenas y sus terapéuticas se constituyó en una constante histórica. Los estudios etnofarmacológicos, en los últimos, años, han puesto de relieve la utilización de plantas medicinales para la extracción de principios activos por parte de la industria farmacéutica.

A esto lo denominan bioprospección (¿biopirateria?), es decir: la búsqueda de sustancia con aplicabilidad farmacéutica en organismos vivos. Para identificar una molécula activa, relacionada al resultado que se busca, la investigación farmacológica procede a la explotación de un “tesoro”, blanco de muestras de plantas, o farmacopea. El punto de referencia se constituye, de hoy en más, por química combinada y modelalización molecular, y gracias a la bioinformacion y la robotización.
La recurrencia de la investigación científica a colecciones históricas, resultante de síntesis anteriores, es realizada por cierta frecuencia – a pesar de que en las farmacotecas se conserven muestras que incluyen extractos naturales – . Pero no debemos olvidar que la explotación etnofarmacologica, de prácticas ancestrales, pone en pista y orienta más rápidamente hacia moléculas susceptibles de responder a resultados esperados. La valiosa información de conocimientos de prácticas y usos milenarios permite ganar tiempo; Lo que significa un ahorro de hasta el 400 por ciento en comparación con el trabajo de investigación realizado al azar. De ahí que la transferencia de genes (de países pobres a ricos) es una justificación de eficacia económica, de capacidad, de competencia y, por supuesto, de ganancias colosales. Según datos publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 1990, el valor anual de plantas medicinales derivadas del conocimiento autóctono fue estimado en 54 mil millones de dólares americanos. La patente industrial sobre objetos materiales (bienes) se fundamenta, desde hace tiempo, en la “sacrosanta propiedad privada”. Su justificación y aplicación “a la vida” se constituyen en una transposición mecánica de la propiedad de bienes. Con la patente de la vida, el organismo vivo se convierte en una simple mercancía, mutación en objeto de mercado de un sinnúmero de especies de informaciones acumuladas por a historia. (Se recuerda que una planta podría tener, por lo menos 4 mil millones de años…)
Pero, volviendo al caso, se entiende que las plantas medicinales son motivo de grandes intereses, y que lo principal reside en lo que se sabe sobre ellas, y en el qué hacer con ellas. ¿Quien sabe? ¿Quién hace? Es importante subrayar que el derecho de propiedad sobre vegetales se afirma en la novedad y en la “no evidencia”, como subterfugios jurídicos de apropiación. Aislar un principio activo de una planta medicinal, extraerla, desarrollar un medicamento a partir de la misma, podrían, pero el conocimiento milenario y el descubrimiento sobre sus virtudes y usos están muy hondamente enraizados en la propia historia humana de las sociedades.
La confiscación y puesta en patente del “recurso gratuito” son apropiadas hasta con sus amplias características: material vegetal, genotipo, procedimiento de fabricación, información sobre productos que origina. Tentador, ¿no?, para las multinacionales de países ricos, a fin de extender su poder territorial, a través de la expropiación y el control sobre substancias que les interesen, bajo el muy loable principio de “patrimonio común de la humanidad”. Con el “copyright”, los grandes laboratorios aseguran el monopolio sobre el producto, luego de haber ejercido – por la expropiación – el monopolio sobre el recurso.
La biopiratería – a imaginar – polariza la relación Norte-Sur. En veinte años, una decena de empresas multinacionales han desarrollado una agresiva expoliación de los recursos situados en el Hemisferio Sur, ricos en recursos farmacopeicos, pero pobres en derecho. ¿Que deberán hacer los países latinoamericanos, que se consideran poseedores de la mas alta diversidad florística en el mundo ? Nuestros Países deberían ejercer un reconocimiento de hecho sobre el “know how” ancestral. Innovar y establecer políticas publicas de firme protección de sus productos. Detener todo pillaje y expoliación de recursos y conocimientos. Además, los Estados latinoamericanos tendrían que impulsar el reconocimiento de sus derechos soberanos sobre sus propios recursos biológicos que le otorga el convenio sobre la Biodiversidad (Río 1992).
Por otro lado, los estados deberían reforzar su capacidad operativa y normativa. Deberían tomarse iniciativas jurídicas originales basadas en el principio de nuevos derechos de propiedad intelectual. Una variada gama de iniciativas jurídicas desarrolladas por los países pobres están en gestación. En Paraguay el conocimiento y el uso de plantas medicinales se insertan en la constelación del patrimonio cultural. Esto se debe a una contribución generosa del patrimonio cultural nativo.
El uso de plantas medicinales genera un movimiento económico importante, y contribuye a la vez en la política sanitaria del país. Una planificación más racional de su aprovechamiento y producción en condiciones óptimas desde el punto de vista ecológico ayudaría a recular los focos de pobreza rural, y su interés científico permitiría crear las condiciones hacia un perfeccionamiento institucional.
Por lo tanto, proponemos lo siguiente:
1.- Rol del Estado paraguayo: Monitorear el desarrollo nacional y la defensa del patrimonio filogenético. Establecer una política ambiciosa en la protección de su soberanía vegetal medicinal relacionada al sistema sanitario.
2.- Política integrada y coherente con las estrategias económicas y sociales. Desarrollar programas innovadores de lucha contra la pobreza, impulsando la participación social en amplia protección, producción y promoción eficaz de plantas medicinales del Paraguay.
3.- Apoyar la investigación y los estudios, y considerar el financiamiento para la difusión, valoración y publicación de la etnofarmacopea paraguaya.
4.- Establecer “puentes estratégicos” de cooperación científica internacional con países como India, México, Cuba, Brasil, de rica experiencia en el desarrollo y la revalorización de su farmacopea nacional. Definición de un marco legal necesario con el grupo G-77 (133 países pobres no alineados), en relación con biotecnologías aplicadas al capitulo de plantas medicinales.
5.- Creación del observatorio de plantas medicinales del Paraguay, de manera a evaluar y proponer recomendaciones sobre el capitulo Plantas medicinales.
La defensa de la soberanía paraguaya debe considerar necesariamente: protección vegetal, valoración humana y cultural relacionada a su propio desarrollo. ¿Qué mejor oportunidad, para el ejercicio nacional de adultez política y credibilidad, que una lucha enconada contra la piratería mundial?
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